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Hace algunos días murió Nina, una cotorra inteligente y hermosa que me dio esperanza cuando yo padecía una seria enfermedad. La posesión o venta de esta clase de animales se encuentra prohibida. Durante la época en la que me fue obsequiada yo era todavía muy ignorante respecto a los derechos de los animales, pero su compañía me sensibilizó de tal manera que aprendí a querer a otras criaturas de distinta especie.
La relación con Nina hizo por mí lo que ninguna medicina logró. Entonces creció mi interés por la naturaleza y no podía evitar embelesarme cada vez que veía cotorritos posarse sobre las ramas de los árboles. Sentí algo de lástima por Nina y su parejita Rafa, ya que no gozaban de la misma libertad. Pero ellos nunca estuvieron encerrados en una jaula, únicamente cuando ya iban a dormir. Comencé a imaginarme el destino de aquellas aves y animales que se ven forzados a abandonar su hábitat cuando los hombres talan árboles y alteran los ecosistemas. Algunos sobreviven y otros desaparecen.
Además de ayudarme a superar la enfermedad, Nina fue la alegría del hogar con sus gritos, risas, palabras y demás gracias que atraían la atención de las visitas. Aunque su muerte me produjo un dolor muy grande, su vida me dejó una de las enseñanzas más grandes que he podido aprender:
Las personas se encuentran cada vez más solas, alienadas, desesperadas y vacías. Algunos crímenes son tan absurdos que sirven como prueba de ello. He conocido personas que a pesar de tomar medicinas muy fuertes o ir a terapia continúan afligidas y desesperanzadas. En ocasiones se someten a fuertes sugestiones, pero su realidad continúa siendo la misma.
Creo firmemente que la salud mental depende de la calidad de nuestras relaciones, no sólo con las personas, sino también con la naturaleza. Me convencí aún más de esto a través de las lecturas de Val Plumwood y Karen Warren.
En mi artículo Concepciones sobre la naturaleza y tipos de self ecológico, describo brevemente lo que Plumwood identificó como formas de concebir la naturaleza. Una de estas formas es la “exclusión radical” según la cual se exageran las diferencias entre las especies y se ignoran las semejanzas. Esto conlleva a que las personas se vean a sí mismas como seres hiperseparados del mundo natural.
Otra forma de concebir la naturaleza es considerándola como un instrumento, lo cual se denomina “instrumentalismo”. Desde esta concepción, la naturaleza carece de agencia propia y por lo tanto el ser humano puede explotarla sin límites para cumplir sus propósitos. El Self Ecológico es la antítesis de estas concepciones. Según Winter y Koger (2004, p.193) “experimentamos nuestro Self Ecológico cuando sentimos la conexión entre nuestro Yo y otras personas, otras formas de vida, ecosistemas o con el planeta.”
La conexión de nuestro Yo con otras personas y otras formas de vida es lo que posee la capacidad de cautivar nuestros sentidos y desconectarlos de esos estímulos nocivos y monótonos que suelen existir en las ciudades. Pero además yo atribuyo a esa conexión un poder curativo que permite purificar la mente y el cuerpo, derribando finalmente el muro que nos separa de otros seres vivos. Nina me dejó esta enseñanza y yo deseo compartirla con las personas que me rodean.
Quiero finalizar este escrito con un cuento corto escrito por Jalal al-Din Muhammad Rumi:
Un dia Medyun paseaba con su perro. Lo tomaba en brazos y lo acariciaba como un enamorado acaricia a su amada. Un hombre que pasaba por allí le dijo:
“¡Oh, Medyun! ¡Lo que haces es pura locura! ¿No sabes que la boca de un perro es sucia?”
Y se puso a enumerar todos los defectos de los perros. Medyun le dijo:
“¡No eres más que un idólatra de las formas! ¡Si vieses con mis ojos, sabrías que este perro es el secreto de Dios y la morada de Leila!”
Referencias
Winter, D. & Koger, S. (2004) Psychology of Environmental Problems. USA: Lawrence Erlbaum Associates, Incorporated.
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