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Escrito por Jeniffer Ortega   
lunes, 09 de junio de 2008

 

La dimensión de género de los temas medioambientales cobra importancia cuando empezamos a observar las diversas formas como los problemas ecológicos impactan la vida de hombres y mujeres, quienes a lo largo de la historia han desempeñado roles específicos definidos por la cultura y por lo tanto se han relacionado de manera distinta con los recursos naturales (Middlestadt et al., 2001; Mellor, 2002).

La personificación del medio ambiente como la “madre naturaleza” es un ejemplo muy conocido que muestra la dimensión de género en la relación de las personas con el medio ambiente. Esta personificación caracteriza a la naturaleza como una figura maternal que brinda recursos y protección, pero que a su vez es desprovista de razón, lo cual la hace susceptible de ser dominada y explotada (Plumwood, 2002).

Esta lógica de pensamiento que las ecofeministas Plumwood (2002) y Warren (1999) denominan “lógica de dominación,” es el resultado de poseer estructuras mentales dualistas que exaltan la capacidad de “abstracción” de los seres humanos y asignan la condición de objeto a todo aquello que carece de razón. Esta estructura de pensamiento ignora que las especies tienen unas necesidades específicas que requieren el uso de capacidades específicas para ser satisfechas y no del uso de la razón.

El dualismo se expresa a través de las siguientes dicotomías: mente-cuerpo, razón-emoción, masculino-femenino, civilizado-primitivo. Lo negativo al respecto es que uno de los polos en estas relaciones dicotómicas tiende a dominar sobre el otro polo, ejerciendo por lo general un poder innecesariamente excesivo y arbitrario.


Tristemente, en la historia hay muchos ejemplos de cómo el ejercicio de la dominación ha causado estragos en la humanidad, piénsese por ejemplo en la discriminación de los negros, de las mujeres, de la explotación infantil, por mencionar sólo algunos casos. En la actualidad esto no ha sido totalmente superado y además nos acompaña la dicotomía humanos-naturaleza que se materializa en la “presunción moderna de la naturaleza-materia que se debe explotar sin límites,” (Goux, 2006).


Por otro lado, la importancia de considerar la dimensión de género en los asuntos ambientales se puede justificar a partir de la necesidad que existe de comprender la relación que hombres y mujeres sostienen con el medio ambiente y que se manifiesta a través de acciones tales como la compra.

En relación con lo anterior, se deben poner en marcha estrategias de mercadeo que puedan reconocer y atender las necesidades específicas de ambos géneros con el fin de estimular la adquisición de productos ecológicos y disminuir la compra de productos contaminantes. Estas estrategias deben enfocarse no solamente en el realce de los atributos ecológicos del producto, sino también en las características personales de los consumidores.

Las diferencias de género en las conductas ecológicas deben ser contempladas y valoradas como una muestra de la riqueza que existe en la diversidad, como una oportunidad para desarrollar la tolerancia y como un pretexto, si se quiere, para reconciliar a las personas con la naturaleza.

Por lo general se considera que las mujeres son más propensas que los hombres a realizar conductas ecológicas (Stern, et al., 1993; Mellor, 2002; González, 2005). Sin embargo, Mostafa (2007) encontró que, contrario a lo que muestran los estudios, lo hombres muestran mayor preocupación ambiental y actitud positiva hacia la compra de productos ecológicos que las mujeres. Esta variedad en los hallazgos podría atribuirse a la multidimensionalidad de la conducta proambiental y la forma como los factores del contexto inciden sobre el comportamiento configurando oportunidades y barreras para actuar ecológicamente.

Según Middlestadt et al., (2001) el género juega un papel clave en la relación que las personas sostienen con el ambiente ya que los hombres y las mujeres muestran diferencias en el uso de los recursos naturales. Sin embargo, lo polémico respecto a la dimensión de género de los temas ambientales es la afirmación de que los problemas ecológicos tienen un mayor impacto en las mujeres que en los hombres, (Mellor, 2002).

El argumento de que las mujeres manifiestan mayor atención a los problemas ambientales que los hombres se basa en la experiencia que han tenido históricamente con la naturaleza en una sociedad que se estructura por el género y las diferencias de sexo, biológicas y culturales, (Mellor, 2002).

El modo más evidente en el que el género se vincula al medio ambiente se manifiesta en el hecho de que la mayor parte de las personas encargadas de tomar las decisiones medioambientales son hombres y la mayoría de la gente que se somete a dichas decisiones son mujeres. Pero esta cuestión no es tan simple debido a la influencia de variables transversales tales como la raza y la clase social, (Mellor, 2002).

Las ecofeministas manifiestan que una perspectiva verde no es adecuada si no se contemplan las formas como la diferenciación de géneros produce consecuencias ecológicas negativas (Mellor, 1992b en Mellor, 2002). No obstante, sus explicaciones difieren dependiendo de la disciplina que tienen como base. Las ecofeministas de corriente filosófica como Plumwood (2002) y Warren (1999) parten de la “lógica de dominación” para explicar las adversidades ecológicas producidas por estructuras dualistas de pensamiento que se retrotraen a los griegos. En contraste, las ecofeministas con una base teológica o espiritual contemplan las estructuras dualistas como batallas primordiales entre fuerzas religiosas y culturales que constituyen una lucha cosmológica (Spretnak, 1991 en Mellor, 2002). Por último, las ecofeministas que se basan en disciplinas de las ciencias sociales elaboran explicaciones materialistas haciendo énfasis en el trabajo de las mujeres en la sociedad, en este sentido las mujeres ejercen funciones que estructuralmente son más cercanas a la naturaleza lo cual le permite a los hombres desempeñarse en forma dominante en la vida pública, (Salleh, 1994 en Mellor, 2002).

Históricamente, las mujeres han sido asociadas con la naturaleza, lo material y lo emocional, mientras que los hombres han sido asociados con la cultura, lo inmaterial y lo abstracto, (Davion, 1994). Hallazgos científicos demuestran que contrario a lo que se pensaba hasta hace algún tiempo, las emociones cumplen un papel muy importante en el desarrollo de conductas benéficas para el ambiente debido a su influencia sobre la dimensión ética del ser humano.

En su libro Inteligencia Emocional (1995), el psicólogo Daniel Goleman presenta argumentos científicos que apoyan la relevancia de las emociones en el razonamiento moral. El caso de Elliot ilustra la importancia de la inteligencia emocional para una toma de decisión ética: después de removerle un tumor cerebral, la personalidad de Elliot se alteró drásticamente; su inteligencia racional era aguda, pero su inteligencia emocional quedó lesionada. Podía calcular todos los pasos necesarios para tomar una decisión, pero era incapaz de asignar un valor a las posibilidades y por lo tanto cada opción era neutral. A partir de este caso, Goleman (1995) arguye que la ausencia de emociones produce un razonamiento moral defectuoso.

Por otro lado, Joshua Greene, psicólogo experimental de la Universidad de Harvard, demostró en su laboratorio de la Universidad de Princeton, que las emociones juegan un papel importante en los juicios morales al escanear el cerebro de unos estudiantes mientras éstos resolvían dilemas éticos, (Zimmer, 2007). Este hallazgo contradice la perspectiva kantiana según la cual la razón pura, libre de pasiones, puede llevarnos a verdades morales.

Frente a la relación ambivalente que existe en la actualidad entre los seres humanos y la naturaleza y la amenaza de peligro sobre incontables vidas humanas y no-humanas, es necesario hacerse la pregunta sobre cómo los conocimientos ambientales, la sensibilidad ecológica y el locus de control, inciden sobre la relación que hombres y mujeres sostienen con la naturaleza: ¿son las mujeres en efecto, más sensibles que los hombres frente a la crisis ecológica? ¿Las mujeres son más propensas a actuar proambientalmente que los hombres? ¿Cómo pueden los vendedores y políticos afinar sus estrategias para atender las necesidades de un mercado ecológico amplio teniendo en cuenta las diferencias de género existentes en la sociedad?

 

Referencias 

Davion, V. (1994) Is Ecofeminism feminist? En Warren., Ecological Feminism. USA: Routledge, (pp. 8-28).

Goleman, D. (1995) Emotional Intelligence: Why it can matter more than IQ. New York: Bantam Books.

González, A. (2005) La preocupación por la calidad del medio ambiente. Un modelo cognitivo sobre la conducta ecológica. España: Universidad Complutense de Madrid.

Goux, J. (2006) ¿Hacia una frivolidad de los valores? En Bindé: ¿Hacia dónde se dirigen los valores? México: Fondo de Cultura Económica, (pp. 87- 93).

Mellor, M. (2002) Género y medio ambiente. En Redclift y Woodgate (Eds.) Sociología del medio ambiente: una perspectiva internacional. España: Editorial McGraw-Hill, pp. 193-203.

Middlestadt, S., Grieser, M., Hernández, O., Tubaishat, K, et al. (2001). Turning minds on and faucets off: Water conservation education in Jordanian schools. The Journal of Environmental Education, 32 (2): 37.

Mostafa, M. (2007) Gender differences in Egyptian consumers’ green purchase behaviour: the effects of environmental knowledge, concern and attitude. International Journal of Consumer Studies 31 (3) , 220–229.

Plumwood, V. (2002). Environmental culture. USA: Routledge.

Stern, P. C., Dietz, T., & Kalof, L. (1993). Value orientations, gender, and environmental concern. Environment and Behavior, 25, pp. 322-348.

Warren, K. (1999). Care-sensitive ethics and situated universalism. En Low, N., (Ed.) Global ethics and environment. London: Routledge, pp. 131-145.

Zimmer, C. (2007) Conflict. Discover: the brain. USA.

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